martes, 19 de febrero de 2013

¿Qué tiene contra el cine español la Caverna Mediática?


Esa pregunta me la hago yo todos los años después de la celebración de la Gala de los Premios Goya, al leer y escuchar los comentarios que provienen de la caverna mediática más ultramontana.
Gente como Isabel Durán, Carlos Cuesta, Antonio Jiménez, Federico Quevedo, la Barbie-abogada Montse Suárez y una larga lista de tertulianos y opinadores llenos de caspa, se lanzan cual lobos a la yugular del colectivo del cine, con una sed de sangre digna de la saga Crepúsculo, amparados en las tribunas que les dan los medios de la TDT Party (13TV e Intereconomía), las ondas nostálgicas (COPE, EsRadio), los panfletos digitales (Libertad Digital, Periodista Digital) y los rancios diarios (ABC, La Razón).
Confieso que este año me sentí decepcionado con la actitud reivindicativa de la gala. Me pareció suave y laxa y escasamente agresiva para con el poder. Poco se habló de la corrupción, de los recortes, del nepotismo.
Los cavernarios comunicadores regocijándose en una bilis nauseabunda, atacan todo aquello que toca a su querido partido conservador. Se olvidan que una de las facetas más destacadas del artista es la de ser crítico con el poder. Se les llena la boca de definiciones sacadas del manual de insultos losantiano (perroflautas, titiriteros, etc), y terminan con el único argumento de unos neo-liberales acostumbrados a chupar de la teta del Estado, la subvención, olvidando que el cine es una industria como otra cualquiera, aunque con una mayor presencia pública.
¿Acaso las reflexiones de Candela Peña, Maribel Verdú, José Corbacho, Eva Hache y Bardem, por decir algunos, son falsas? ¿Acaso no hay recortes que están afectando a la educación y a la sanidad? ¿Acaso no hay una subida desmesurada en el IVA de las entradas?
Estos tertulianos que viven en sus mundos paralelos ajenos a la realidad social, escudándose en vacuas frases y vacíos lenguajes, tachan de groseros, zafios y maleducados a los que no piensan como ellos, riéndose de sus ocurrencias sin gracia, como las vertidas por el actor acartonado Arturo Fernández, o por el periodista García Serrano cuando llamó “guarra” a una consejera de la Generalitat de Cataluña, que se han quedado anclados en el cine plano, lleno de tópicos de españolismo rancio, pleno de referencias religiosas y amigable con el poder establecido del tardo-franquismo, cuyos referentes eran Pedro Olea y Pedro Lazaga, -falsos enfants terribles de la cinematografía patria-, con sus películas-denuncia en las que siempre se escapaba alguna tetita de la maciza de turno, y que tienen como película de cabecera, como maravilla de séptimo arte, a esa obra dirigida por José Luis Sáenz de Heredia, a partir de un guión de Jaime de Andrade, titulada Raza -¿Saben quién se ocultaba tras ese pseudónimo?-, son los que se atreven a criticar de forma descarnada a los actores, directores y productores de un cine, el actual, que si bien no es perfecto, se encuentra a años luz –en calidad y técnica- al añorado por sus cortas entendederas.

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